
Entonces lo supo. Tendría que desaprender el dolor. Quitarle el silencio a la muerte. Supo que tendría que volver, quebrar la línea, trazar el diámetro que la regresara al centro, al principio de lo posible. Y recordó, recordó el tiempo en el que el silencio amasaba su vientre, le traía canciones de amor, le fingía el viento, el viento de levante con su locura, cuando el silencio se desconocía a si mismo, creyéndose caricia.
Ana giró sobre sus palabras y encontró las del hombre –sé que sabrás escuchar mi silencio- y camino sobre ellas, la sostuvo como un mar de sal. Blancas palabras, blancos pies sobre la blanca salina. Y regresó, al silencio de todos los silencios, a su hogar, a la antigua y vieja casa, a las paredes que la engendraron. Ana subió peldaño tras peldaño y halló la viga vertical, clavada la puntilla, ocultando la enorme-oscura llave y Ana introdujo la llave en el orificio y giró y el corazón le volteó y escuchó el lamentar de la puerta.
Hacía cuarenta años que una mujer la parió, de madrugada, en silencio. No hubo llanto, le dijeron un día, llegaste en silencio, como las luces del alba.
Ana siguió avanzando en su regreso, quitándole miedos, desarrugando lo arrugado, descosiendo lo cosido. Dejando en cada habitación agujas desenhebradas. Deshaciéndose de ella.
La vieja casa cobijó aquellas horas de encuentros por desencuentros, horas de desaprender el dolor, la muerte, el silencio que ensordece. Ana solo quería *oír el silencio del hombre* el silencio puro, el que sale de dentro, el que se conoce se reconoce y se sabe libre.
Y Ana llegó al centro, al origen de lo posible, giró sobre sus palabras y halló las del hombre, regresaba de todas las idas y venidas. El hombre despojado del guerrero, del corsario, se hizo caricia, y una mañana de color verde entró en la casa y la casa se fue a la orilla y el corazón de Ana escuchó el rumor de las olas, el blanco y virginal silencio, en los besos del hombre