sábado 24 de octubre de 2009

SEPARACION


(EDWARD MUNCH. SEPARACION)

LOS MUERTOS TAMBIEN AMAN
Me sentaré en mi silla con mi cara sin ojos y lloraré. He agotado el cupo de mi risa, mi boca no habla, mis piernas no andan, mis manos no tocan y mis cuencas vacías miran tu cuerpo…. Tu cuerpo.

CAPÍTULO I
Ella me ve o eso creo. Intento cruzar mi mirada con la suya para estar seguro que me ha visto, pero finge no verme. Entonces dudo. No, no puedo dudar, tiemblo entero si ella se acerca. Como aquella tarde de agosto en la que su pelo golpeó mi hombro, estuve a punto de hablarle. Le habría dicho que antes de ella no hubo nada pero apareció él y se la llevó.
No sabe que cuando duerme me acerco, se encoje como si un aire frío la tocase, me retiro unos pasos y allí quedo, a su lado. María siempre tiene frío, dice que es la casa, y creo que es verdad porque yo también tengo siempre frío.
Ayer la vi subir la escalera corriendo. Tenía miedo, siempre lo tuvo, de niña llamaba a su madre desde la casapuerta, la madre bajaba hasta el rellano y María corría hacia ella. Pero están muertos, Vicente y la mujer loca murieron. María no cree en fantasmas.
Ahora está sola en esta casa grande. El hombre que se la lleva viene a veces, cada vez menos y eso me gusta. María ha cerrado todas las habitaciones. Antes no se cerraban y ella se escondía tras las puertas, yo también. Detrás de una puerta la vi por primera vez. Estaba sentada en el suelo, abrazada a sus piernas, cuando me acerqué levantó sus ojos y me miró. Estoy seguro que me miró pero fingió no verme. Siempre finge no verme
Hoy la esperé en el rellano de la escalera. No quería que la mujer loca la asustase. Vivía tras la puerta que está al lado del primer escalón. La mujer loca va en silla de ruedas, debe pesar ciento cuarenta kilos, no habla. A veces, sale a la casapuerta con una manzana, María se pega a la pared se achica, la mujer loca ríe a carcajadas amenazando con sus brazos. También, a veces, se oyen gritos y lloros en la casa. María tiene miedo, pero Vicente y la Mujer loca murieron, todo eso pasó, ya no se oyen gritos en la casa.
María entró una vez en la casa que hay detrás de la puerta. La seguí por un largo pasillo, a la izquierda pared a la derecha huecos tapados con cortinas, al fondo una sala sombría, desamueblada. No había nadie. María quiso asegurarse de que los muertos no vuelven. Pero yo sé que vuelven.
Hoy la esperé en el rellano de la escalera. No se oyen gritos en la casa que hay tras la puerta situada justo al lado del primer escalón. María no cree en fantasmas, pero yo los veo. Vicente, el marido de la mujer loca tiene arañazos en la cara, agacha la cabeza, lleva gotas de sangre en la camisa y en las manos, se ha parado junto a la puerta, rezo para que María no llegue.
Maríaaaa! Le gritaré desde el rellano de la escalera, sube, estoy aquí ¿no me ves? Y ella correrá hacia mis brazos y dejaré de tener frío. María no tengas miedo. Mírame María mírame.
Cuando la mujer loca murió tuvieron que hacer un ataúd especial para ella. Llevaba cuatro días muerta, Vicente aún respiraba. Fue un día de mucho ajetreo. Todos hablaban, querían saber. Vicente murió en pocas horas. María, debía tener unos diez años. Ya no estaba la mujer loca ni Vicente pero ella siguió teniendo miedo y llamaba a su madre desde la casapuerta.
Esperé todo el día. María llegó con la última luz de la tarde. Sus ojos verdes miraban el vacío. Pasó junto a Vicente. Callé. Pasó junto a mí. Mi dulce María.
Hoy María estuvo todo el día fuera. Si me atreviera la cogería de la mano. Sus ojos verdes miran el vacío. Está sentada en el suelo junto al balcón abierto. María cerró todas las habitaciones menos la del balcón. Ahora vivimos en ella. Le gusta sentarse en el suelo y mirar hacia la calle. Pero hoy sus ojos verdes están vacíos.
Ahora vivimos en la habitación luminosa. Nadie viene a la casa. María finge no verme pero a veces me sonríe mi dulce María………
CAPÍTULO II
Hace días que María no se levanta de la cama. No quiero que se la lleven. Mírame María mírame, sin ti no existo. Ha parado un coche, golpean la puerta, no abriré. Se llevan a María. ¡María despierta sin ti no existo!......Me desvanezco.
CAPÍTULO III
Hoy he vuelto a la casa, María no está. Recuerdo que se la llevaron y yo me desvanecí. He abierto el balcón, así cuando regrese sabrá que la estoy esperando. Cuando camine por la calle verá el balcón abierto y sabrá que estoy aquí en la habitación luminosa y abriremos todas las habitaciones…..
A veces me quedo en el rellano de la escalera. Sé que los muertos vuelven. La mujer loca en su silla de ruedas come manzanas, Vicente se para en la puerta, tiene gotas de sangre en la camisa y en las manos. Espero a María, hace años que la espero, no sé, tal vez veinte, cincuenta……….
Tengo frío… ¿María?

martes 20 de octubre de 2009

EL DESEO DE HELIODORA



EL DESEO DE HELIODORA

Como si miles de peces le hubiesen regalado escamas a la mar, ésta brillaba en plateadas ondulaciones, parecía una lengua dispuesta a lamer el cuerpo de Heliodora. Debían ser las ocho de la tarde. El Sol se había colocado sobre el mar, haciendo resplandecer en una infinitud de grises esa línea sin contornos, esa franja serpenteante de luz.
Heliodora se giró y el sol le dio de frente, abrió los brazos y dejó que el mar la tocase mientras su mente le pensaba a él, y lo hizo con tal fuerza que la mar le devolvió su deseo en un intenso olor a flores. A flores olía la mar…. Y ella aspiró ese olor y sintió que su cuerpo se transformaba en un ser vegetal, en una flor sin raíces flotando a la deriva, y deseó que el azar la guiase hasta una playa remota donde él la esperaría.

jueves 17 de septiembre de 2009

ANA y el tiempo



Bajó despacio del coche. Hacía años que nada la impacientaba. Las horas, las horas negras y todas las demás se las había tragado la noche, aquella noche en la que los ojos de Ana no pudieron perderse en el azul de Álvaro.
Los relojes, muertas las manecillas, se refugiaban en los cajones. Y un frío de ausencias escarchaba la alfombra y los pasillos. A Ana le llovía el pasado en su cama, gotas azules de te quiero, blancas de caricias, húmedas de placer, su cuerpo gimiendo en otro cuerpo. Una cama demasiado grande mojándole el alma y la almohada.
Ana bajó del coche, dejó caer la llave en el bolso y caminó despacio, todo el tiempo del mundo la aguardaba. Los cinco peldaños de madera se hicieron mil y su pie saboreó la eternidad, por un instante. Caminó sobre la arena fría de la noche, las estrellas parecían recién lavadas y las algas desconcertadas danzaban enloquecidas, brillantes en su dulce verde a sabiendas de que nunca jamás su dulce verde sería esperanza.
Ana se detuvo en la orilla como todas las noches. Su amado dormía el sueño de los peces y su corazón de sal buscaba el cuerpo de Ana. Pero Ana no tenía prisa. La urgencia del tiempo no la reclamaba. Algún día ella no dejaría de caminar de sentir la inmensidad del agua en su piel. Mañana. Mañana volvería. Anduvo sobre sus huellas de ida y vuelta, de vuelta e ida….No tenía prisa, tan segura estaba que él la esperaría hasta el fin de los tiempos.

martes 15 de septiembre de 2009

ESPACIOS VACÍOS


Hay espacios por los que transito sin ti.
Momentos que me cruzan.
Trozos de vida en los que tú no estás.
Y no es que te hayas ido o hayas muerto.
¡Es que no has nacido!
Porque no te recuerdo.
Y luego, cuando de súbito vuelves a mi mente
Y te reconozco como algo mío
sonríen mis adentros.

miércoles 2 de septiembre de 2009

HISTORIAS DE MI INFANCIA

Mis abuelos, mi tío y mi padre.


EL DIAMANTE ROJO

Cuando la casa se sacude imperceptiblemente como queriendo desprenderse de la última luz, Alicia siente un vértigo pequeño, un girar de sus ojos, una imperceptible sacudida en sus pies y una luz transparente cae, arrugándose como un viejo celofán. La noche cierra las ventanas del largo pasillo. Los cristales, inmóviles, son sombras que amenazan, ojos que relampaguean ocultos, escurridizos….
Alicia camina entre las sombras, ha bajado los dos escalones de la sala de estar. Sus pies pisa el pasillo, despacio, con cautela. Una luz de luna la guía hasta la puerta situada a mitad del pasillo. Gira el pomo y entra. Es la habitación de la tía Andrea. Nadie entra en el cuarto de Andrea. Es mejor no acordarse de ella, de su pálida y escurridiza delgadez, de la negrura de sus ojos, del azul de sus labios, de su lengua viperina.
Alicia la temía, pero ahora está muerta y ella quiere el diamante rojo de Andrea. Aquella pe-queña piedra engarzada en el anillo que Andrea acercaba a los ojos de Alicia.
-Míralo, le decía, es de una muerta, le corté el dedo para quitárselo, y la sangre muerta lo volvió rojo. ¿No escuchas gemir en las sombras? Es la muerta agazapada, dispuesta…. -
Alicia enciende la lamparita de la cómoda, una luz polvorienta y amarilla apenas deja ver la habitación. Al fondo, junto a la mesita de noche donde se esconde el anillo, hay otra puerta con un cerrojo interior, siempre puede escapar por ahí. Mira hacia la cama y ve sobre la colcha las dos manchas rojas, no, no son rojas son casi negras, acartonadas, dispuestas a crujir. Su madre dice, que algún animal herido entró y dejó su sangre, habría que lavarla, sí, lavar-la…En la cabecera de la cama el crucifijo del ataúd del único hijo de Andrea, muerto a los dos años de edad. Andrea lo arrancó con sus propias manos para quedarse el corazón de su hijo y llorarlo a solas, le contaba a Alicia.
Alicia avanza, siente el roce de la colcha en su pierna derecha, la mecedora de la tía Andrea ha quedado atrás. Avanza lenta, escucha el rápido bombear de su corazón. Se acerca a la mesita, casi está pegada a ella. Separa su mano derecha de su cuerpo y la dirige al cajón y entonces siente como otra mano se apoya en la suya, fría, leve. El corazón se le para de golpe, la mecedora imperceptiblemente se mece y el aire doliéndose gime, Andrea descorre el cerrojo situado a su izquierda y huye. Corre entre las sombras, el pasillo la aguarda, los cristales de las ventanas relampaguean con ojos tenebrosos, negros, azules, amarillos, rojos…..Alicia tiembla, sus piernas parecen no llegar nunca a su dormitorio. Pero llega, al fin llega y cierra la puerta tras de si, mañana, mañana volveré a intentarlo, piensa, quiero el diamante rojo, lo quiero.

sábado 22 de agosto de 2009

EL TIEMPO



EL TIEMPO

Inexorable
El tiempo
Amamanta
Mis negros sueños.
Presa de mi angustia me lleva
Nunca por amor
Jamás por desconsuelo
Ni tan siquiera por desamor.
Inexorable
Me ciega
Me aparta
Me arrebata
Caricias madrugadas de besos
Olvido
Para mis ojos verdes negros
Olvido
Para mi pecho enlutado
De jazmines y geranios. Negros.
Para mis sueños
Mar desnudo
Solo. Muerto.
Inexorable
Me lleva
Amamanta
Mis tristes sueños
Dejando atrás
Mi tiempo.

martes 11 de agosto de 2009

SE NOMBRABAN

Obstinados el uno en el otro se buscaban como si pudieran encontrarse.
Se nombraban como si al nombrase se poseyeran.
Cuerpo a cuerpo corazón a corazón.
Se nombraban como si el aire pudiera contener el aliento de sus bocas.
Como si la noche fuera sombra y el orden de los días, nada.
Como si las leyes del universo a cada paso se reinventaran.
Se buscaban.
Obstinados decididos a encontrarse.
Se nombraban a solas
Cuando la tierra duerme el sueño de sus dioses y el hombre calla.
Se nombraban.
Vencidos de amor, henchidos de palabras de verbos.
Se nombraban en las calles en las plazas,
se gritaban en las ventanas cerradas en los huracanes, en los insomnios,
en las azoteas se nombraban, en los balcones con escaleras al cielo,
se nombraban en todo y en nada.
Se amaban.