Había dejado de notarlo. Su sombra desencajada llevaba años adelantándole el paso, y su reducido tamaño no se ajustaba a su cuerpo de mujer. Sin embargo, Ana, no mostraba extrañeza ni desconcierto ni temor. Simplemente había dejado de notarlo.
Los años en su ajetreo se topaban unos con otros. ¡Hirientes! Así la vida pasaba y los recuerdos esperaban turno. Pero hubo una mañana en la que Ana recordó el por qué de su peculiar sombra.
Fue una mañana de invierno en la que como todas las mañanas compartió tostada con su perro Rufo, montaron en el coche y condujo hasta la playa. ¡Vacía!. Sólo para ellos la arena, el mar, el cielo… Pero aquella mañana la playa, su playa, se nació distinta. Quiso la Luna quedarse un poco más, las gaviotas se acicalaban en la arena, las flores silvestres estrenaban el verde y en la orilla, eso fue lo más extraordinario, esperaban las caracolas.
-¡Rufo hay caracolas!- gritó Ana y corrieron hacia la orilla.
Había tantas caracolas, tamaños, colores, formas. Ana no daba crédito a sus ajos. Tenía que tocarlas. Se agachó, cogió una y al moverla se le cayó de adentro una palabra, una palabra de espuma: jazmín. Y el corazón le dio un vuelco. Cogió otra caracola y otra palabra, de arena: canela y otra más y cayó una palabra de papel: pájaro y ahora de agua: sueño y la orilla se iba llenando de palabras. Rufo ladraba con su ladrido de juego (tres agudos pausa y otros tres ladridos), se agachaba estirando las patas delanteras y saltaba intentando atrapar las palabras que le chocaban en el hocico deshaciéndose, Rufo agitaba la cabeza como si dijera no y volvía a la carga. Ana, casi corría moviendo caracolas ya no leía las palabras, las dejaba escapar y reía todo su cuerpo reía. Cayó de rodillas en la arena, extenuada, Rufo corrió hacia ella y empezó a lamerle la cara. Ana miraba al mar. Supo que las caracolas venían del otro lado del océano, de una remota playa en la que vivía una mujer llamada Lila. Y recordó:
***– ¿Cómo te llamas?-
-Ana y tú-
-Lila- le dijo y la risa les vino a la boca
¿Quieres jugar, Ana?-
Y jugaron, la niña Luna y la niña Patio, con los gatos y las mariposas, y al coger y al saltar y se pintaron los labios para dejar corazones en los espejos, y zapatos de tacones para tocar a la luna, y manzanas con canela rondando por las baldosas , y jazmines en el pelo, y pájaros de papel para sus sueños y secretos en los oídos, y contemplaron fascinadas como la luna y el patio intercambiaban las sombras.*****
Sólo la sombra había permanecido fiel al recuerdo de Lila al amor que la niña sintió por ella. Su sombra desencajada siempre iba un paso por delante, quería ser vista, recordada. Decidió no crecer, no confundirse con Ana, ella era la sombra de la niña Lila.
La mirada de Ana se perdía más allá del océano. ¡Feliz!. En sus manos se había quedado una caracola, la frotó como si fuese la lámpara mágica, cerró los ojos y formuló su deseo. A su lado, Rufo, tendido en la arena, descansaba plácidamente.