Ana soñaba que un hombre, cuyo rostro nunca lograba ver, la amaba, se amaban.
Se casó y tuvo amantes y el hombre sin rostro siguió amándola.
Dormida abrazaba, besaba con un deseo nunca vivido, pero los ojos, las bocas, las mejillas…tomaban forma, y en ese instante el cuerpo de Ana quedaba vencido, enfadado.
Unos días antes del divorcio su marido le dijo: estoy seguro que me has amado, y ¿sabes por qué? Porque no se puede besar en sueños cómo tú lo hacías. Ana calló.
El día que Ana conoció a Álvaro dejó de tener amantes y cuando en sueños lo besaba y su mano tocaba la barba de Álvaro reconociéndolo, se sentía feliz, su cuerpo se agitaba, se pegaba, se amaban. Una tarde de invierno se fue y Ana lloró.
Hace dos años, a unos trescientos metros de su casa, abrieron una librería, Ana entró a comprar una revista. Al librero le ríe los ojos cuando la mira a ella se le encoje el estomago.
Ana ya no sueña con el hombre sin rostro.
Se casó y tuvo amantes y el hombre sin rostro siguió amándola.
Dormida abrazaba, besaba con un deseo nunca vivido, pero los ojos, las bocas, las mejillas…tomaban forma, y en ese instante el cuerpo de Ana quedaba vencido, enfadado.
Unos días antes del divorcio su marido le dijo: estoy seguro que me has amado, y ¿sabes por qué? Porque no se puede besar en sueños cómo tú lo hacías. Ana calló.
El día que Ana conoció a Álvaro dejó de tener amantes y cuando en sueños lo besaba y su mano tocaba la barba de Álvaro reconociéndolo, se sentía feliz, su cuerpo se agitaba, se pegaba, se amaban. Una tarde de invierno se fue y Ana lloró.
Hace dos años, a unos trescientos metros de su casa, abrieron una librería, Ana entró a comprar una revista. Al librero le ríe los ojos cuando la mira a ella se le encoje el estomago.
Ana ya no sueña con el hombre sin rostro.

